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Una cita para pensar…

“La enseñanza de Jesús atraía a los irreligiosos y ofendía a los que creían en lo que decía la Biblia, la gente religiosa de su época. Sin embargo, en general, nuestras iglesias no tienen ese efecto. El tipo de gente a la que Jesús atraía no es la misma a la que atraen las iglesias contemporáneas, ni siquiera las más experimentales.

Solemos atraer a gente conservadora, bien vestida, moralista. Los corrompidos y libertinos o los arruinados y marginales evitan la iglesia. Eso sólo puede significar una cosa. Si la predicación de nuestros ministros y la práctica de nuestros miembros no tienen el mismo efecto en la gente que tenía Jesús, entonces es que no debemos estar predicando el mismo mensaje que él predicó”.

Tim Keller en The Prodigal God (pg.15-16).

Ahora esto lo añado yo: No creo que Tim Keller esté diciendo aquí que si atraemos a nuestras iglesias personas moralistas y decentes algo tiene que andar mal con nuestro ministerio. Cristo también atrajo hombres como Natanael (a quien el Señor describe como un verdadero israelita, en quien no hay engaño), Nicodemo, José de Arimatea; pero si tales personas no se perciben a sí mismas como pecadoras y perdidas, sino que se sienten a gusto con nuestros sermones, es obvio que algo no está caminando bien.

Lo primero que el Espíritu Santo produce en un pecador para salvarlo es convicción de su pecado. Luego viene la convicción del perdón. Esa es la dulce melodía que atrae a los publicanos y a las rameras: Que hay salvación en Cristo para todo aquel que se arrepiente y cree.

Tomado del Blog //todopensamientocautivo.blogspot.com

Por Donald Whitney – Traducido por C. Alexander León J. Peniel12@msn.com (http://elcaminoangosto.org)

I Timoteo 4:15-16
Casi todo el mundo conoce a alguien que antes estuvo en el ministerio. Casi todos conocen a alguien que no debería estar en el ministerio. Y todo ministro conoce otro ministro – o varios – a los cuales no desearía parecerse.
Pero la triste noticia para los ministros es que, sea cual sea su edad o su educación o experiencia, es casi inevitable que usted se convierta en la clase de ministro que no quiere ser. Así que pienso que es importante tratar el tema sobre la casi inevitable ruina del ministro… y cómo evitarla.
Cierta vez, cuando un ejecutivo de la Convención Bautista del Sur estuvo en el Seminario Midwestern a fines de los años 1990, dijo que las estadísticas muestran que de cada veinte hombres que entran al ministerio, solo uno de ellos continúa en el ministerio al llegar a la edad de 65 años.
A pesar de todo el empeño con el que suelen empezar la carrera, a pesar de toda la inversión en tiempo y dinero para prepararse, a pesar de los años de servicio, a pesar del costo de redirigir sus vidas, casi todos abandonarán el ministerio. Algunos saldrán por motivos de salud. Algunos se recluirán en vida privada. Algunos aceptarán que en realidad malinterpretaron el llamado de Dios. Algunos abandonarán porque el estrés es demasiado. Algunos serán expulsados por sus iglesias. Algunos se retirarán por el sentimiento de frustración y fracaso. Y si usted nunca ha tenido pensamientos de abandonar el ministerio, creo que no ha estado en el ministerio por mucho tiempo.
A pesar del hecho de que nadie entra en el ministerio por casualidad, la ruina de casi todo ministro parece inevitable. Porque además del alto porcentaje que hace abandono del ministerio, algunas veces parece que muchos de los que sí permanecen, parecen haber fracasado en otras formas. Pueden arruinarse por dinero, ya sea por el deseo de dinero o la carencia de él. Toman demasiadas decisiones basados en hacer más dinero, o bien, afectan su actitud hacia la iglesia porque sienten que no se les paga lo suficiente. Leer el resto de esta entrada »

Una de las cosas que me desagrada de quienes hacen un alboroto por discutir temas de interés social, religioso o cualquier otro índole, es dejar por un lado las normas y principios básicos de la apologética. Por ejemplo aceptar (A) es consecuentemente negar (-A), por ser su opuesto. Un ejemplo práctico de esto es; si yo amo a los niños, debo odiar a los pedófilos. Con esto en mente solo tocaré algunos aspectos de esta reforma a la Ley que desean hacer en Venezuela a propósito de darle carácter legal a las uniones homosexuales en el país.

Para este 28 de Junio en el mundo se celebra la marcha en pro de la “defensa de los derechos de los Gay”, y nuestro país no escapa a este evento. Más preocupante aún es escuchar como el parlamento venezolano desea aprobar una reforma a la ley para permitir la legalidad de los matrimonios entre hombres y mujeres del mismo sexo.

Ellos utilizan el Artículo 21. Todas las personas son iguales ante la ley; en consecuencia: 1. No se permitirán discriminaciones fundadas en la raza, el sexo, el credo, la condición social o aquellas que, en general, tengan por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos y libertades de toda persona” Pero señores, -si es que se les puede llamar así-, cuando este articulo se refiere a los discriminación por el sexo, no habla del homosexualismo, habla de la discriminación por ser hombre o ser mujer en cualquiera de las esferas de la sociedad, no está hablando para nada que es discriminación sexual rechazar la unión de dos hombres o dos mujeres. Está hablando de la base bíblica que encontramos en Gen 1:26.” Varón y Hembras los creo.”

Dice un defensor de la asociación “GLBT de Venezuela” dice: “La sociedad indirectamente los está obligando a casarse con personas de otro sexo y es así como vemos a muchos homosexuales casados con personas de sexo contrario, cuando esa no es su preferencia”

Si tomamos esta manera de razonar, no nos extrañaría, ver este 28 de Junio, una marcha para legalizar a los drogadictos, ellos tienen sus derecho también. Finalmente como dice este hombre: “es no es su preferencia” Si nuestros gustos y preferencias nos guiaran a establecer las leyes de un país, entonces no encontraremos como un barco a la deriva.

La sociedad Venezolana obliga a los consumidores de droga a adquirirla por medios ilegítimos, cuando ellos desean hacerlo legítimamente, esa es su preferencia. O no es este un razonamiento lógico del argumento usado por este hombre. Lo mismo podrían decir los presos. Los que roban y secuestran tienen sus preferencias, ellos nacieron con esas inclinaciones, están enfermos. Y la ley debe protegerlos. Así ahora tendrán que razonar lógicamente las autoridades legislativas Venezolanas.

Es que cuando quitamos a Dios de en medio de las leyes y la moral, quitamos el único centro seguro, objetivo que regula las leyes de las constituciones de los países.

La escrituras hablan claramente acerca de este tema y condena a quienes lo practican. Dice el pastor Sugel Michelén: La Biblia condena claramente la homosexualidad como un pecado que Dios aborrece (comp. Lv. 18:22; 20:13; Rom. 1:26-27; 1Cor. 6:9-10; Judas 7). Algunos quieren torcer la enseñanza de las Escrituras para apoyar las prácticas homosexuales, pero la Biblia es muy clara al respecto: “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1Cor. 6:10).

Ahora la biblia condena todos los pecados, pero los pecados sexuales son mas evidentes destructivos, observen lo que dice John MacArthur: “Debido a que la intimidad sexual es la más profunda que une dos seres humanos, cuando se le usa mal corrompe en el nivel humano más profundo. Este no es un análisis sicológico, sino un hecho divinamente revelado. La inmoralidad sexual es mucho más destructiva que el alcohol, mucho más destructiva que las drogas, y mucho más destructiva que el crimen” (ad loc.).

Si tiramos por el suelo la definición de matrimonio que Dios nos da en la Biblia, ¿cuál es la base que usaremos para una nueva definición? Eso nos llevaría a un océano sin rumbo, ¿Por qué considerar moralmente correcto que dos hombres o dos mujeres se unan en matrimonio y no aceptar otras relaciones que hoy la sociedad considera aberrantes, como el incesto, por ejemplo? ¿Acaso no podrían alegar los polígamos, u otros grupos que practican otras formas de relaciones no convencionales, que están siendo discriminados por sus preferencias sexuales?

Dice la parlamentaria que promueve esta reforma a ley: “La gente tiene libertad en nuestra Constitución, algunos dirán que ésta no lo permite porque habla del matrimonio entre un hombre y una mujer y por eso nosotros utilizamos la figura de las asociaciones de convivencia”. (Énfasis añadidos)

Ven como empiezan a redefinir el matrimonio, ahora en nuestra constitución existirán esas “asociaciones de convivencia”

Nosotros como Cristianos partiremos siempre de la premisa de que Dios es el creador del universo, y se ha revelado al hombre a través de las Sagradas Escrituras, y en ella presenta la homosexualidad como un pecado. No como una enfermedad. En Romanos 1:26-27 Pablo define la homosexualidad como una pasión vergonzosa y antinatural; y en 1Corintios 6:9-11 declara que los que practican la homosexualidad no “heredarán el reino de Dios”.

Pero los que rechazan las escrituras y al Dios de ellas, ¿Qué base tendrán para redefinir las relaciones humanas? ¿Hacia donde los llevara sus creencias, hacia Sodoma y Gomorra?

La respuesta a este pregunta nos lleva a necesariamente a responder, ¿Qué es el evangelio?, pero antes debemos decir que no lo es. 
Para esto deseo compartirles un material del Pastor Sugel, tomado del libro de Mark Dever: “The Gospel & Personal Evangelism
Evangelizar no consiste en imponer nuestras opiniones religiosas sobre otros:

En una época tan pluralista como la que nos ha tocado ministrar, una de las objeciones más comunes en contra del evangelismo es que nadie tiene derecho a imponer sus opiniones sobre los demás, y mucho menos en algo tan personal como la religión.

Pero lo cierto es que cuando predicamos el evangelio no nos estamos imponiendo sobre los demás, porque el mensaje que debemos proclamar no es una opinión personal, sino un hecho revelado por Dios en Su Palabra.

Cuando un piloto anuncia a los pasajeros que se amarren el cinturón de seguridad porque están a punto de aterrizar, él no está “imponiendo” sobre ellos su opinión o preferencia personal, sino compartiendo un anuncio que puede evitarles un daño o incluso salvarles la vida.

Pues lo mismo ocurre cuando evangelizamos. Nosotros no inventamos el evangelio. Ni estamos tratando de imponer sobre las personas nuestras perspectivas de Dios o de la salvación.

De hecho, ni siquiera podemos imponer sobre los demás el verdadero mensaje de salvación que encontramos en las Escrituras. Nuestra responsabilidad es anunciar el mensaje, sembrar la semilla de la Palabra, pero no tenemos la más mínima capacidad para hacer que esa semilla germine. Eso es algo que nadie puede imponer sobre otro.

Escuchen lo que Pablo escribió a los hermanos de Corinto, los cuales se estaban “alineando” en torno a sus predicadores favoritos.

“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento” (1Cor. 3:5-7).

Por más efectivo que un predicador pueda ser comunicando el mensaje de las Escrituras, él no tiene el más mínimo poder para hacer que sus oyentes se conviertan. Ningún hombre puede imponer el cristianismo sobre otro.

Evangelizar no consiste en compartir nuestro testimonio:

Con esto no estoy diciendo que sea incorrecto, o que no tenga ningún valor, el hecho de que nosotros compartamos con otros nuestro testimonio personal de salvación. Eso tiene su lugar, tanto entre los incrédulos, como entre los creyentes.

En el libro de los Hechos vemos a Pablo en dos ocasiones compartiendo el testimonio de su conversión. Es estimulante escuchar las diversas maneras como el Señor trata con los Suyos para traerlos a salvación. Alguien dijo una vez que hay un solo camino para llegar al Padre, nuestro Señor Jesucristo, pero que hay muchos caminos para llegar a Cristo.

Pero una cosa es compartir nuestra historia personal de salvación y otra muy distinta compartir el mensaje de la cruz. El testimonio personal puede ser el punto de partida para predicar el evangelio, pero si queremos evangelizar no podemos quedarnos ahí.

Evangelizar no consiste en involucrarnos en obras de bien social:

Y aquí debemos decir lo mismo que dijimos en el punto anterior. Es correcto que los creyentes manifiesten en formas concretas la misericordia del Señor haciendo bien; eso es algo que recomienda el evangelio que predicamos (comp. Mt. 5:16; 1P. 2:12). El Señor espera que los Suyos se involucren en este tipo de cosas (Mt. 25:34-36).

Pero de ninguna manera podemos confundir las obras de bien social con el evangelismo. La tarea de evangelizar implica la comunicación de un mensaje, ya sea de forma oral o escrita. Mientras ese mensaje no sea claramente comunicado a los hombres, allí no ha habido evangelismo, independientemente del bien que podamos hacer a otros.

Cuando sustituimos el evangelismo por las obras de bien social estamos perdiendo de vista que la mayor necesidad del hombre es reconciliarse con Dios contra el cual se encuentra enemistado por causa de su pecado.

Kevin DeYoung dice al respecto: “Las buenas obras pueden adornar el evangelio y son el fruto del evangelio. Pero las buenas obras en sí mismas no son el evangelio. Las personas necesitan escuchar las buenas nuevas de que Cristo vino a salvar a los pecadores”.

Los creyentes debemos hacerle bien a todos según tengamos la oportunidad, dice Pablo en Gal. 6:10, pero sin olvidar que cualquier otro problema humano pasa a ser secundario ante la realidad de que todos nosotros nos presentaremos algún día delante de nuestro Creador para rendir cuenta de nuestras vidas.

Tampoco debemos confundir el evangelismo con la apologética:
La palabra apologética significa presentar defensa de nuestra fe. Y una vez más, eso es algo bueno y necesario. Pedro nos dice en su primera carta que los creyentes deben estar preparados para presentar defensa (del griego “apología”), con mansedumbre y reverencia, ante todo aquel que nos demande una razón de la esperanza que hay en nosotros.

Muchas veces nos toparemos con personas que niegan la existencia de Dios, o que tienen dudas acerca del origen divino de la Biblia. Y nosotros debemos aprender cómo responder a tales personas.

Pero no es lo mismo defender la fe que predicar el evangelio. Presentar pruebas a favor de la inspiración de las Escrituras o de la existencia de Dios es una cosa, transmitir el mensaje de salvación es otra (aunque es posible que en ocasiones tengamos que hacer una labor apologética antes de que podamos proclamar el mensaje del evangelio).

Por otra parte, creo que es a lugar la advertencia de Mark Dever de que la apologética tiene sus peligros. Uno de ellos es que sin querer podemos confirmar a alguien en su incredulidad por nuestra inhabilidad de responder ciertas preguntas, algunas de las cuales no tienen una respuesta de este lado del cielo.

Por más buen apologeta que una persona pueda ser, nadie en este mundo puede responder todas las preguntas que la gente se hace en relación con la revelación bíblica. Pero como bien señala el pastor Dever, “el hecho de que no lo sepamos todo no quiere decir que no sepamos nada” (pg. 78).

A partir de lo que Dios sí ha revelado podemos dar a conocer a los hombres la condición en que se encuentran delante de Él, y la solución que Él mismo ha provisto para que podamos ser salvos. No nos dejemos intimidar por el hecho de que no tenemos todas las respuestas, porque no existe un solo ser humano en el mundo que las tenga.

Otro peligro de la apologética es que puede distraernos de comunicar el mensaje que los pecadores necesitan escuchar. En ese sentido debemos estar alertas para no dejarnos arrastrar por la agenda de los incrédulos (cuando los pecadores se sienten entre la espada y la pared con respecto a su pecado, muchas veces tratan de desviar la atención como hizo la mujer samaritana con el Señor Jesucristo, y de repente comienzan a preguntar por la esposa de Caín, o qué pasó con los indios que nunca escucharon el evangelio, o si hay vida en otros planetas).

Cristo tiene Su propia agenda: que los hombres conozcan cuál es su verdadero problema y la solución que Dios ha provisto para resolverlo; esa es la agenda que debemos seguir a final de cuentas.

No debemos confundir el evangelismo en sí con los frutos del evangelismo:

Esa es una distinción muy sutil, pero sumamente importante. Nosotros tenemos la responsabilidad de predicar el evangelio, pero no tenemos ni la capacidad ni la responsabilidad de convertir a nadie.

Como veíamos hace un momento, eso es algo que no está en nuestro poder. Como dice John Stott: “Evangelizar no significa ganar convertidos… sino simplemente anunciar las buenas nuevas, independientemente de los resultados” (cit. por Dever, pg. 79).

Nosotros debemos ser fieles comunicando el mensaje, pero ese mensaje no tendrá siempre el mismo efecto en aquellos que escuchan (comp. 2Cor. 2:15-16 – el mismo mensaje puede tener resultados distintos; esa es, en parte, la enseñanza del Señor en la parábola del sembrador).

Si no distinguimos entre el evangelismo y sus frutos dos cosas pueden suceder: la primera es que nos sintamos tan frustrados por la falta de resultados visibles que entonces dejemos de evangelizar; la segunda, es que recurramos a técnicas humanas en busca de resultados.

Mark Dever dice al respecto: “¿Quién puede negar que mucho del evangelismo moderno ha venido a ser emocionalmente manipulador, procurando simplemente provocar una decisión momentánea de la voluntad del pecador, pero descuidando la idea bíblica de que la conversión es un acto sobrenatural y bondadoso de Dios a favor del pecador?” (pg. 80).

¿Qué es, entonces, evangelizar? John Cheeseman lo define de esta manera: “Es declarar, en base a la autoridad de Dios, lo que Él ha hecho para salvar a los pecadores, advirtiendo a los hombres de su condición perdida, guiándolos a arrepentirse, y a creer en el Señor Jesucristo” (cit. por Dever; pg. 80).

Como dice Pablo en 2Cor. 5:20, nosotros “somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”.

Evangelizar no es otra cosa que dar a conocer a los hombres ese mensaje de reconciliación: El hombre está en problemas con Dios por causa de sus pecados, porque Dios en Su justicia dará a cada uno lo que merece; pero Él mismo proveyó el medio a través del cual Su justicia quedó plenamente satisfecha y los pecadores pueden ser perdonados: la obra redentora de Su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo, de la cual nos apropiamos por medio del arrepentimiento y la fe.

Seamos fieles comunicando el mensaje, vivamos en consonancia con nuestra predicación, y dejemos los resultados en las manos de Dios , que son infinitamente mejores y más confiables que las nuestras.

Por Sugel Michelén

No sólo debemos estar conscientes de nuestra necesidad espiritual, como vimos en la entrada anterior, sino que también debemos ver a Cristo como el único que posee todo aquello que necesitamos para suplir plena y exclusivamente todas nuestras necesidades espirituales.

Y lo que voy a hacer ahora es explicar algunos elementos vitales de ese conocimiento de Cristo que es necesario para ser salvos.

En primer lugar, ese conocimiento debe ser revelado al pecador.

No se trata de algo que aprendemos por nosotros mismos, una conclusión que derivamos de nuestro propio intelecto, no; es algo que debe ser revelado. Cristo mismo dice en Jn. 6:44-45:

“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”.

Es Dios el Padre quien nos revela a Cristo en su verdadera dimensión para que entendamos que Él es el Único que puede suplir nuestra necesidad.

Cuando el Señor preguntó a los discípulos qué pensaban ellos acerca de Él y Pedro respondió diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, el Señor le hizo ver que eso no era algo que Pedro había llegado a entender por sí mismo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Es el Padre quién revela a Cristo en el corazón de los pecadores como el único que puede suplir plenamente nuestra necesidad.

En segundo lugar es en las Escritura donde encontramos un testimonio fidedigno acerca de la Persona de Cristo.

Cuando el Señor nos dice en Jn. 6:45 que todo aquel que aprendió del Padre viene a Él, no quiere decir con esto que Dios nos habla a través de una voz audible, ni a través de sueños para guiarnos a Cristo; se refiere al testimonio escrito que nos ha dejado de Su Hijo en Su Palabra. “Son las Escrituras, dice Cristo, las que dan testimonio de mi, y sin ese testimonio nadie puede venir a Mi” (comp. Jn. 5:39).

Es por esa razón que las predicaciones evangelísticas deben ser exposiciones cuidadosas de las Escrituras. Un evangelista no es un individuo que posee una personalidad atrayente, y una oratoria fascinante y convincente. Ese es el concepto que se tiene hoy día de lo que es un evangelista, pero no es el concepto que encontramos en la Palabra de Dios.

El concepto bíblico de un evangelista es la de ese hombre que explica a sus oyentes lo que Dios dice acerca de Sí mismo en Su Palabra, lo que dice del pecado, del infierno, lo que dice acerca de Cristo y de la redención que efectuó en la cruz del calvario.

La tarea del evangelista es sembrar la semilla de la Palabra, no provocar “decisiones” (comp. Mt. 13:1-9 y 18-23). Es por eso que alguien ha dicho con sobrada razón que las reuniones evangelísticas no deben medirse por los resultados visibles producidos, sino por las verdades que han sido proclamadas.

Lo que debemos preguntar no es el número de personas que levantaron sus manos y pasaron al frente. Debemos preguntar más bien acerca del contenido de la predicación, porque es eso, y no ninguna otra cosa, lo que determinará si una reunión fue o no evangelística desde el punto de vista de Dios.

Lamentablemente, debemos decir con pena y dolor que si evaluáramos muchas de las supuestas reuniones evangelísticas que se llevan a cabo hoy día a través de esa norma, llegaremos a la conclusión de que muchas de ellas no pasan de ser simple entretenimiento religioso. Mucha música, muchos testimonios extraordinarios, un predicador que posee una personalidad muy atrayente, y una oratoria electrizante, pero poca Escritura.

¡Eso no es evangelismo! ¿Cómo vendrán a Cristo los pecadores si no han sido realmente enseñados por Dios a través de Su Palabra?

Hemos dicho, entonces, que venir a Cristo implica una revelación de Cristo en el corazón de los pecadores, y que las Escrituras es el instrumento a través de la cual se produce dicha revelación. Pero ahora debemos avanzar un paso más hacia adelante y decir…

En tercer lugar, que el asunto primordial de esa revelación es Cristo como Mediador.

El mensaje que Dios el Padre revela al pecador a través de las Escrituras para que venga a Cristo tiene como su tema central y primordial la persona de Cristo como el Mediador que Dios ha provisto, como el único puente a través del cual los pecadores podemos llegar hasta Él.

No se trata simplemente de conocer algunos episodios de la historia que se nos narra en los evangelios acerca de la vida de nuestro Señor Jesucristo. Muchos conocen estas cosas y no por eso son salvos.

De lo que se trata es de conocer y entender la naturaleza de Su Persona, y la obra que hizo en la cruz para salvar a pecadores. ¿Quién es Cristo realmente? ¿Por qué murió en una cruz? ¿Por qué nadie puede salvarse si no es por medio de Él?

Las Escrituras dicen de Cristo que Él es Dios hecho Hombre, perfecto en Su humanidad, perfecto en Su divinidad; y si alguien no acepta este claro testimonio de las Escrituras es porque no está siendo enseñado por el Padre, y por lo tanto, no puede venir a Él.

Precisamente porque Cristo es Emanuel, Dios con nosotros, Dios manifestado en carne, es que hay esperanza para el pecador. Dios ha puesto un puente entre nosotros y Él, un sólo puente: Nuestro Señor Jesucristo (comp. 1Tim. 2:5).

Ningún pecador se salvará porque le digamos sin cesar: “¡Ven a Cristo, ven a Cristo!” Ese es uno de los problemas que tienen esas vallas que vemos en las calles, o las calcomanías que se pegan en los carros (algunas muy grotescas por cierto).

Si no explicamos a los pecadores quién es ese Cristo y cómo ha provisto salvación para los pecadores, no podrán venir a Él. Cuando el pecador puede ver a través de las Escrituras la gloria de Cristo, ya no contempla únicamente su profunda necesidad espiritual, sino que sabe ahora que hay Uno que puede suplirla plenamente en Su Persona y en Su obra.

Pero hay algo más. El Agente que obra en nosotros para que podamos comprender estas verdades y aceptarlas en nuestro corazón es el Espíritu Santo. Si no es efectuada en nosotros una obra del Espíritu de Dios no podríamos ver a Cristo como Aquel que puede suplir plenamente para nuestra necesidad.

Para que podamos ver algo necesitamos dos cosas; luz y un órgano de la vista sano que tenga la capacidad de percibir esa luz. Si falta cualquiera de estos dos elementos no podremos ver. Pues lo mismo ocurre en el reino espiritual. Para ver a Cristo necesitamos la luz de las Escrituras, pero necesitamos también una visión espiritual sana para poder recibir esa luz.

Noten lo que dice el mismo Cristo en Jn. 5:39-40: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”.

Las Escrituras que ellos examinaban estaban llena de luz, y sin embargo, no querían venir a Cristo. ¿Cuál era el problema? ¿No había suficiente luz en las Escrituras? Por supuesto que sí, pero ellos estaban ciegos espiritualmente (comp. 2Cor. 4:3-4). El diablo no ciega a los pecadores únicamente para que sean inmorales, o para que sean irreligiosos y profanos, no.

El los ciega para que no vean a Cristo como el único que puede suplir para sus necesidades espirituales (comp 1Cor. 2:14). No que no puedan entender los hechos revelados en la Biblia; ellos pueden entender esto, pero no entenderán que en esos hechos se encuentra su única esperanza para ser salvos, para escapar de una condenación sin fin.

Para ellos ese mensaje es una necedad (comp. 1Cor. 1:18 y 2:14); para nosotros es el mensaje más extraordinario que alguna vez hemos oído: que por medio de la fe en Cristo, Su obediencia perfecta es puesta en nuestra cuenta, y Su muerte es aplicada a nuestra deuda para ser entonces aceptados como hijos por el Padre. Eso es el evangelio y ese es el mensaje que los pecadores necesitan escuchar para ser salvos.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.



En la entrada anterior (“El sistema evangelístico de invitación: Una práctica peligrosa y anti bíblica”) vimos que venir a Cristo no puede equipararse a ninguna acción física. ¿Qué significa, entonces, venir a Cristo? Lo mismo que creer en Él (comp. Jn. 6:35, 37-40).

Ambas expresiones se intercambian en las Escrituras porque ambas significan la misma cosa. Aunque podríamos decir que la expresión “venir a Cristo” es más descriptiva y específica. Creer en Cristo es un término más general, venir a Cristo es un término más específico.
Hay tres elementos envueltos en ese venir a Cristo, pero por ahora sólo consideraremos el primero de ellos: el reconocimiento de una necesidad que sólo Cristo puede llenar: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados – dice el Señor, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
¿Quiénes son invitados? Aquellos que perciben el cansancio y la carga espiritual en sus corazones, aquellos que están conscientes de su necesidad. Es imposible venir a Cristo si no poseemos esa conciencia de que somos personas necesitadas.

“¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas!” (Is. 55:1). No todos son invitados, sólo los sedientos.

Jn. 7:37 “En el último gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”. Una vez más ¿Quién es invitado a venir? El que tiene sed. El que percibe su necesidad.

Ap. 22:17, la última invitación de las Escrituras: “…el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”. Todo el que quiera puede venir, pero ¿quiénes querrán? Los que tienen sed. Nadie querrá venir a Cristo a menos que tenga sed.

Así como la sed es una necesidad que se percibe a nivel consciente, y que sólo el agua o algo líquido puede suplir, así también es la sed del alma. Podemos ofrecer un cheque de un millón de pesos a un hombre en el Sahara que tiene dos días sin probar una gota de agua, y eso no llenará su necesidad. Lo que él necesita en ese momento es agua, y lo que él desea con todas las fuerzas de su corazón no es un cheque, sino agua. Es una necesidad muy específica que se percibe a nivel consciente y que sólo algo específico puede suplir.

Y ahora el Señor dice a Su auditorio: “si alguno de los aquí presentes percibe la necesidad espiritual de su alma, esa necesidad que sólo Yo puedo llenar, que venga a Mí y será saciado”.

Nadie puede venir a Cristo hasta tanto no percibe esa necesidad del alma, ese profundo vacío, y sobre todo esa carga y ese cansancio que producen una conciencia culpable, el reconocimiento de que hemos pecado gravemente contra Dios y que por causa de nuestros pecados estamos irremisiblemente perdidos.

Es de esa sed y de ese cansancio del que Cristo habla en estos textos. Todos los hombres sin Cristo están cansados y sedientos, pero no todos lo perciben a nivel consciente, y es por eso que no todos vienen. Lo primero que hace Dios para atraer a un pecador a Cristo es mostrarle su necesidad, una necesidad que nada ni nadie, excepto Cristo, puede suplir (comp. Jn. 16:8-11).

El Señor dijo en una ocasión que los sanos no tienen necesidad de médico, si no los enfermos. Si no percibimos la enfermedad, ¿cómo buscaremos afanosamente la medicina que puede curarla?

El asunto no es si alguna vez levantaste tu mano en una campaña evangelística y pasaste al frente en una iglesia, o si has tenido algún tipo de experiencia mística conectada con el nombre “Jesús”.

Si nunca te has visto como un miserable pecador que va camino al infierno y viviendo una vida vacía y sin sentido, si te sientes satisfecho contigo mismo, tu nunca has venido a Cristo.

Yo no puedo negar tu experiencia, pero si puedo decirte con la autoridad de las Escrituras que sea lo que sea que hayas experimentado, no fue venir a Cristo, y por consiguiente continúas sumido en la perdición.

Pero si has percibido esa necesidad, si te sientes hambriento y sediento espiritualmente, trabajado y cargado por el peso de una conciencia culpable, no desesperes, porque ese es el primer paso para venir a Cristo, y Él puede suplir plenamente tu necesidad.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.