Una de las cosas que me desagrada de quienes hacen un alboroto por discutir temas de interés social, religioso o cualquier otro índole, es dejar por un lado las normas y principios básicos de la apologética. Por ejemplo aceptar (A) es consecuentemente negar (-A), por ser su opuesto. Un ejemplo práctico de esto es; si yo amo a los niños, debo odiar a los pedófilos. Con esto en mente solo tocaré algunos aspectos de esta reforma a la Ley que desean hacer en Venezuela a propósito de darle carácter legal a las uniones homosexuales en el país.

Para este 28 de Junio en el mundo se celebra la marcha en pro de la “defensa de los derechos de los Gay”, y nuestro país no escapa a este evento. Más preocupante aún es escuchar como el parlamento venezolano desea aprobar una reforma a la ley para permitir la legalidad de los matrimonios entre hombres y mujeres del mismo sexo.

Ellos utilizan el Artículo 21. Todas las personas son iguales ante la ley; en consecuencia: 1. No se permitirán discriminaciones fundadas en la raza, el sexo, el credo, la condición social o aquellas que, en general, tengan por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos y libertades de toda persona” Pero señores, -si es que se les puede llamar así-, cuando este articulo se refiere a los discriminación por el sexo, no habla del homosexualismo, habla de la discriminación por ser hombre o ser mujer en cualquiera de las esferas de la sociedad, no está hablando para nada que es discriminación sexual rechazar la unión de dos hombres o dos mujeres. Está hablando de la base bíblica que encontramos en Gen 1:26.” Varón y Hembras los creo.”

Dice un defensor de la asociación “GLBT de Venezuela” dice: “La sociedad indirectamente los está obligando a casarse con personas de otro sexo y es así como vemos a muchos homosexuales casados con personas de sexo contrario, cuando esa no es su preferencia”

Si tomamos esta manera de razonar, no nos extrañaría, ver este 28 de Junio, una marcha para legalizar a los drogadictos, ellos tienen sus derecho también. Finalmente como dice este hombre: “es no es su preferencia” Si nuestros gustos y preferencias nos guiaran a establecer las leyes de un país, entonces no encontraremos como un barco a la deriva.

La sociedad Venezolana obliga a los consumidores de droga a adquirirla por medios ilegítimos, cuando ellos desean hacerlo legítimamente, esa es su preferencia. O no es este un razonamiento lógico del argumento usado por este hombre. Lo mismo podrían decir los presos. Los que roban y secuestran tienen sus preferencias, ellos nacieron con esas inclinaciones, están enfermos. Y la ley debe protegerlos. Así ahora tendrán que razonar lógicamente las autoridades legislativas Venezolanas.

Es que cuando quitamos a Dios de en medio de las leyes y la moral, quitamos el único centro seguro, objetivo que regula las leyes de las constituciones de los países.

La escrituras hablan claramente acerca de este tema y condena a quienes lo practican. Dice el pastor Sugel Michelén: La Biblia condena claramente la homosexualidad como un pecado que Dios aborrece (comp. Lv. 18:22; 20:13; Rom. 1:26-27; 1Cor. 6:9-10; Judas 7). Algunos quieren torcer la enseñanza de las Escrituras para apoyar las prácticas homosexuales, pero la Biblia es muy clara al respecto: “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1Cor. 6:10).

Ahora la biblia condena todos los pecados, pero los pecados sexuales son mas evidentes destructivos, observen lo que dice John MacArthur: “Debido a que la intimidad sexual es la más profunda que une dos seres humanos, cuando se le usa mal corrompe en el nivel humano más profundo. Este no es un análisis sicológico, sino un hecho divinamente revelado. La inmoralidad sexual es mucho más destructiva que el alcohol, mucho más destructiva que las drogas, y mucho más destructiva que el crimen” (ad loc.).

Si tiramos por el suelo la definición de matrimonio que Dios nos da en la Biblia, ¿cuál es la base que usaremos para una nueva definición? Eso nos llevaría a un océano sin rumbo, ¿Por qué considerar moralmente correcto que dos hombres o dos mujeres se unan en matrimonio y no aceptar otras relaciones que hoy la sociedad considera aberrantes, como el incesto, por ejemplo? ¿Acaso no podrían alegar los polígamos, u otros grupos que practican otras formas de relaciones no convencionales, que están siendo discriminados por sus preferencias sexuales?

Dice la parlamentaria que promueve esta reforma a ley: “La gente tiene libertad en nuestra Constitución, algunos dirán que ésta no lo permite porque habla del matrimonio entre un hombre y una mujer y por eso nosotros utilizamos la figura de las asociaciones de convivencia”. (Énfasis añadidos)

Ven como empiezan a redefinir el matrimonio, ahora en nuestra constitución existirán esas “asociaciones de convivencia”

Nosotros como Cristianos partiremos siempre de la premisa de que Dios es el creador del universo, y se ha revelado al hombre a través de las Sagradas Escrituras, y en ella presenta la homosexualidad como un pecado. No como una enfermedad. En Romanos 1:26-27 Pablo define la homosexualidad como una pasión vergonzosa y antinatural; y en 1Corintios 6:9-11 declara que los que practican la homosexualidad no “heredarán el reino de Dios”.

Pero los que rechazan las escrituras y al Dios de ellas, ¿Qué base tendrán para redefinir las relaciones humanas? ¿Hacia donde los llevara sus creencias, hacia Sodoma y Gomorra?

La respuesta a este pregunta nos lleva a necesariamente a responder, ¿Qué es el evangelio?, pero antes debemos decir que no lo es. 
Para esto deseo compartirles un material del Pastor Sugel, tomado del libro de Mark Dever: “The Gospel & Personal Evangelism
Evangelizar no consiste en imponer nuestras opiniones religiosas sobre otros:

En una época tan pluralista como la que nos ha tocado ministrar, una de las objeciones más comunes en contra del evangelismo es que nadie tiene derecho a imponer sus opiniones sobre los demás, y mucho menos en algo tan personal como la religión.

Pero lo cierto es que cuando predicamos el evangelio no nos estamos imponiendo sobre los demás, porque el mensaje que debemos proclamar no es una opinión personal, sino un hecho revelado por Dios en Su Palabra.

Cuando un piloto anuncia a los pasajeros que se amarren el cinturón de seguridad porque están a punto de aterrizar, él no está “imponiendo” sobre ellos su opinión o preferencia personal, sino compartiendo un anuncio que puede evitarles un daño o incluso salvarles la vida.

Pues lo mismo ocurre cuando evangelizamos. Nosotros no inventamos el evangelio. Ni estamos tratando de imponer sobre las personas nuestras perspectivas de Dios o de la salvación.

De hecho, ni siquiera podemos imponer sobre los demás el verdadero mensaje de salvación que encontramos en las Escrituras. Nuestra responsabilidad es anunciar el mensaje, sembrar la semilla de la Palabra, pero no tenemos la más mínima capacidad para hacer que esa semilla germine. Eso es algo que nadie puede imponer sobre otro.

Escuchen lo que Pablo escribió a los hermanos de Corinto, los cuales se estaban “alineando” en torno a sus predicadores favoritos.

“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento” (1Cor. 3:5-7).

Por más efectivo que un predicador pueda ser comunicando el mensaje de las Escrituras, él no tiene el más mínimo poder para hacer que sus oyentes se conviertan. Ningún hombre puede imponer el cristianismo sobre otro.

Evangelizar no consiste en compartir nuestro testimonio:

Con esto no estoy diciendo que sea incorrecto, o que no tenga ningún valor, el hecho de que nosotros compartamos con otros nuestro testimonio personal de salvación. Eso tiene su lugar, tanto entre los incrédulos, como entre los creyentes.

En el libro de los Hechos vemos a Pablo en dos ocasiones compartiendo el testimonio de su conversión. Es estimulante escuchar las diversas maneras como el Señor trata con los Suyos para traerlos a salvación. Alguien dijo una vez que hay un solo camino para llegar al Padre, nuestro Señor Jesucristo, pero que hay muchos caminos para llegar a Cristo.

Pero una cosa es compartir nuestra historia personal de salvación y otra muy distinta compartir el mensaje de la cruz. El testimonio personal puede ser el punto de partida para predicar el evangelio, pero si queremos evangelizar no podemos quedarnos ahí.

Evangelizar no consiste en involucrarnos en obras de bien social:

Y aquí debemos decir lo mismo que dijimos en el punto anterior. Es correcto que los creyentes manifiesten en formas concretas la misericordia del Señor haciendo bien; eso es algo que recomienda el evangelio que predicamos (comp. Mt. 5:16; 1P. 2:12). El Señor espera que los Suyos se involucren en este tipo de cosas (Mt. 25:34-36).

Pero de ninguna manera podemos confundir las obras de bien social con el evangelismo. La tarea de evangelizar implica la comunicación de un mensaje, ya sea de forma oral o escrita. Mientras ese mensaje no sea claramente comunicado a los hombres, allí no ha habido evangelismo, independientemente del bien que podamos hacer a otros.

Cuando sustituimos el evangelismo por las obras de bien social estamos perdiendo de vista que la mayor necesidad del hombre es reconciliarse con Dios contra el cual se encuentra enemistado por causa de su pecado.

Kevin DeYoung dice al respecto: “Las buenas obras pueden adornar el evangelio y son el fruto del evangelio. Pero las buenas obras en sí mismas no son el evangelio. Las personas necesitan escuchar las buenas nuevas de que Cristo vino a salvar a los pecadores”.

Los creyentes debemos hacerle bien a todos según tengamos la oportunidad, dice Pablo en Gal. 6:10, pero sin olvidar que cualquier otro problema humano pasa a ser secundario ante la realidad de que todos nosotros nos presentaremos algún día delante de nuestro Creador para rendir cuenta de nuestras vidas.

Tampoco debemos confundir el evangelismo con la apologética:
La palabra apologética significa presentar defensa de nuestra fe. Y una vez más, eso es algo bueno y necesario. Pedro nos dice en su primera carta que los creyentes deben estar preparados para presentar defensa (del griego “apología”), con mansedumbre y reverencia, ante todo aquel que nos demande una razón de la esperanza que hay en nosotros.

Muchas veces nos toparemos con personas que niegan la existencia de Dios, o que tienen dudas acerca del origen divino de la Biblia. Y nosotros debemos aprender cómo responder a tales personas.

Pero no es lo mismo defender la fe que predicar el evangelio. Presentar pruebas a favor de la inspiración de las Escrituras o de la existencia de Dios es una cosa, transmitir el mensaje de salvación es otra (aunque es posible que en ocasiones tengamos que hacer una labor apologética antes de que podamos proclamar el mensaje del evangelio).

Por otra parte, creo que es a lugar la advertencia de Mark Dever de que la apologética tiene sus peligros. Uno de ellos es que sin querer podemos confirmar a alguien en su incredulidad por nuestra inhabilidad de responder ciertas preguntas, algunas de las cuales no tienen una respuesta de este lado del cielo.

Por más buen apologeta que una persona pueda ser, nadie en este mundo puede responder todas las preguntas que la gente se hace en relación con la revelación bíblica. Pero como bien señala el pastor Dever, “el hecho de que no lo sepamos todo no quiere decir que no sepamos nada” (pg. 78).

A partir de lo que Dios sí ha revelado podemos dar a conocer a los hombres la condición en que se encuentran delante de Él, y la solución que Él mismo ha provisto para que podamos ser salvos. No nos dejemos intimidar por el hecho de que no tenemos todas las respuestas, porque no existe un solo ser humano en el mundo que las tenga.

Otro peligro de la apologética es que puede distraernos de comunicar el mensaje que los pecadores necesitan escuchar. En ese sentido debemos estar alertas para no dejarnos arrastrar por la agenda de los incrédulos (cuando los pecadores se sienten entre la espada y la pared con respecto a su pecado, muchas veces tratan de desviar la atención como hizo la mujer samaritana con el Señor Jesucristo, y de repente comienzan a preguntar por la esposa de Caín, o qué pasó con los indios que nunca escucharon el evangelio, o si hay vida en otros planetas).

Cristo tiene Su propia agenda: que los hombres conozcan cuál es su verdadero problema y la solución que Dios ha provisto para resolverlo; esa es la agenda que debemos seguir a final de cuentas.

No debemos confundir el evangelismo en sí con los frutos del evangelismo:

Esa es una distinción muy sutil, pero sumamente importante. Nosotros tenemos la responsabilidad de predicar el evangelio, pero no tenemos ni la capacidad ni la responsabilidad de convertir a nadie.

Como veíamos hace un momento, eso es algo que no está en nuestro poder. Como dice John Stott: “Evangelizar no significa ganar convertidos… sino simplemente anunciar las buenas nuevas, independientemente de los resultados” (cit. por Dever, pg. 79).

Nosotros debemos ser fieles comunicando el mensaje, pero ese mensaje no tendrá siempre el mismo efecto en aquellos que escuchan (comp. 2Cor. 2:15-16 – el mismo mensaje puede tener resultados distintos; esa es, en parte, la enseñanza del Señor en la parábola del sembrador).

Si no distinguimos entre el evangelismo y sus frutos dos cosas pueden suceder: la primera es que nos sintamos tan frustrados por la falta de resultados visibles que entonces dejemos de evangelizar; la segunda, es que recurramos a técnicas humanas en busca de resultados.

Mark Dever dice al respecto: “¿Quién puede negar que mucho del evangelismo moderno ha venido a ser emocionalmente manipulador, procurando simplemente provocar una decisión momentánea de la voluntad del pecador, pero descuidando la idea bíblica de que la conversión es un acto sobrenatural y bondadoso de Dios a favor del pecador?” (pg. 80).

¿Qué es, entonces, evangelizar? John Cheeseman lo define de esta manera: “Es declarar, en base a la autoridad de Dios, lo que Él ha hecho para salvar a los pecadores, advirtiendo a los hombres de su condición perdida, guiándolos a arrepentirse, y a creer en el Señor Jesucristo” (cit. por Dever; pg. 80).

Como dice Pablo en 2Cor. 5:20, nosotros “somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”.

Evangelizar no es otra cosa que dar a conocer a los hombres ese mensaje de reconciliación: El hombre está en problemas con Dios por causa de sus pecados, porque Dios en Su justicia dará a cada uno lo que merece; pero Él mismo proveyó el medio a través del cual Su justicia quedó plenamente satisfecha y los pecadores pueden ser perdonados: la obra redentora de Su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo, de la cual nos apropiamos por medio del arrepentimiento y la fe.

Seamos fieles comunicando el mensaje, vivamos en consonancia con nuestra predicación, y dejemos los resultados en las manos de Dios , que son infinitamente mejores y más confiables que las nuestras.

Por Sugel Michelén

No sólo debemos estar conscientes de nuestra necesidad espiritual, como vimos en la entrada anterior, sino que también debemos ver a Cristo como el único que posee todo aquello que necesitamos para suplir plena y exclusivamente todas nuestras necesidades espirituales.

Y lo que voy a hacer ahora es explicar algunos elementos vitales de ese conocimiento de Cristo que es necesario para ser salvos.

En primer lugar, ese conocimiento debe ser revelado al pecador.

No se trata de algo que aprendemos por nosotros mismos, una conclusión que derivamos de nuestro propio intelecto, no; es algo que debe ser revelado. Cristo mismo dice en Jn. 6:44-45:

“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí”.

Es Dios el Padre quien nos revela a Cristo en su verdadera dimensión para que entendamos que Él es el Único que puede suplir nuestra necesidad.

Cuando el Señor preguntó a los discípulos qué pensaban ellos acerca de Él y Pedro respondió diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, el Señor le hizo ver que eso no era algo que Pedro había llegado a entender por sí mismo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Es el Padre quién revela a Cristo en el corazón de los pecadores como el único que puede suplir plenamente nuestra necesidad.

En segundo lugar es en las Escritura donde encontramos un testimonio fidedigno acerca de la Persona de Cristo.

Cuando el Señor nos dice en Jn. 6:45 que todo aquel que aprendió del Padre viene a Él, no quiere decir con esto que Dios nos habla a través de una voz audible, ni a través de sueños para guiarnos a Cristo; se refiere al testimonio escrito que nos ha dejado de Su Hijo en Su Palabra. “Son las Escrituras, dice Cristo, las que dan testimonio de mi, y sin ese testimonio nadie puede venir a Mi” (comp. Jn. 5:39).

Es por esa razón que las predicaciones evangelísticas deben ser exposiciones cuidadosas de las Escrituras. Un evangelista no es un individuo que posee una personalidad atrayente, y una oratoria fascinante y convincente. Ese es el concepto que se tiene hoy día de lo que es un evangelista, pero no es el concepto que encontramos en la Palabra de Dios.

El concepto bíblico de un evangelista es la de ese hombre que explica a sus oyentes lo que Dios dice acerca de Sí mismo en Su Palabra, lo que dice del pecado, del infierno, lo que dice acerca de Cristo y de la redención que efectuó en la cruz del calvario.

La tarea del evangelista es sembrar la semilla de la Palabra, no provocar “decisiones” (comp. Mt. 13:1-9 y 18-23). Es por eso que alguien ha dicho con sobrada razón que las reuniones evangelísticas no deben medirse por los resultados visibles producidos, sino por las verdades que han sido proclamadas.

Lo que debemos preguntar no es el número de personas que levantaron sus manos y pasaron al frente. Debemos preguntar más bien acerca del contenido de la predicación, porque es eso, y no ninguna otra cosa, lo que determinará si una reunión fue o no evangelística desde el punto de vista de Dios.

Lamentablemente, debemos decir con pena y dolor que si evaluáramos muchas de las supuestas reuniones evangelísticas que se llevan a cabo hoy día a través de esa norma, llegaremos a la conclusión de que muchas de ellas no pasan de ser simple entretenimiento religioso. Mucha música, muchos testimonios extraordinarios, un predicador que posee una personalidad muy atrayente, y una oratoria electrizante, pero poca Escritura.

¡Eso no es evangelismo! ¿Cómo vendrán a Cristo los pecadores si no han sido realmente enseñados por Dios a través de Su Palabra?

Hemos dicho, entonces, que venir a Cristo implica una revelación de Cristo en el corazón de los pecadores, y que las Escrituras es el instrumento a través de la cual se produce dicha revelación. Pero ahora debemos avanzar un paso más hacia adelante y decir…

En tercer lugar, que el asunto primordial de esa revelación es Cristo como Mediador.

El mensaje que Dios el Padre revela al pecador a través de las Escrituras para que venga a Cristo tiene como su tema central y primordial la persona de Cristo como el Mediador que Dios ha provisto, como el único puente a través del cual los pecadores podemos llegar hasta Él.

No se trata simplemente de conocer algunos episodios de la historia que se nos narra en los evangelios acerca de la vida de nuestro Señor Jesucristo. Muchos conocen estas cosas y no por eso son salvos.

De lo que se trata es de conocer y entender la naturaleza de Su Persona, y la obra que hizo en la cruz para salvar a pecadores. ¿Quién es Cristo realmente? ¿Por qué murió en una cruz? ¿Por qué nadie puede salvarse si no es por medio de Él?

Las Escrituras dicen de Cristo que Él es Dios hecho Hombre, perfecto en Su humanidad, perfecto en Su divinidad; y si alguien no acepta este claro testimonio de las Escrituras es porque no está siendo enseñado por el Padre, y por lo tanto, no puede venir a Él.

Precisamente porque Cristo es Emanuel, Dios con nosotros, Dios manifestado en carne, es que hay esperanza para el pecador. Dios ha puesto un puente entre nosotros y Él, un sólo puente: Nuestro Señor Jesucristo (comp. 1Tim. 2:5).

Ningún pecador se salvará porque le digamos sin cesar: “¡Ven a Cristo, ven a Cristo!” Ese es uno de los problemas que tienen esas vallas que vemos en las calles, o las calcomanías que se pegan en los carros (algunas muy grotescas por cierto).

Si no explicamos a los pecadores quién es ese Cristo y cómo ha provisto salvación para los pecadores, no podrán venir a Él. Cuando el pecador puede ver a través de las Escrituras la gloria de Cristo, ya no contempla únicamente su profunda necesidad espiritual, sino que sabe ahora que hay Uno que puede suplirla plenamente en Su Persona y en Su obra.

Pero hay algo más. El Agente que obra en nosotros para que podamos comprender estas verdades y aceptarlas en nuestro corazón es el Espíritu Santo. Si no es efectuada en nosotros una obra del Espíritu de Dios no podríamos ver a Cristo como Aquel que puede suplir plenamente para nuestra necesidad.

Para que podamos ver algo necesitamos dos cosas; luz y un órgano de la vista sano que tenga la capacidad de percibir esa luz. Si falta cualquiera de estos dos elementos no podremos ver. Pues lo mismo ocurre en el reino espiritual. Para ver a Cristo necesitamos la luz de las Escrituras, pero necesitamos también una visión espiritual sana para poder recibir esa luz.

Noten lo que dice el mismo Cristo en Jn. 5:39-40: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”.

Las Escrituras que ellos examinaban estaban llena de luz, y sin embargo, no querían venir a Cristo. ¿Cuál era el problema? ¿No había suficiente luz en las Escrituras? Por supuesto que sí, pero ellos estaban ciegos espiritualmente (comp. 2Cor. 4:3-4). El diablo no ciega a los pecadores únicamente para que sean inmorales, o para que sean irreligiosos y profanos, no.

El los ciega para que no vean a Cristo como el único que puede suplir para sus necesidades espirituales (comp 1Cor. 2:14). No que no puedan entender los hechos revelados en la Biblia; ellos pueden entender esto, pero no entenderán que en esos hechos se encuentra su única esperanza para ser salvos, para escapar de una condenación sin fin.

Para ellos ese mensaje es una necedad (comp. 1Cor. 1:18 y 2:14); para nosotros es el mensaje más extraordinario que alguna vez hemos oído: que por medio de la fe en Cristo, Su obediencia perfecta es puesta en nuestra cuenta, y Su muerte es aplicada a nuestra deuda para ser entonces aceptados como hijos por el Padre. Eso es el evangelio y ese es el mensaje que los pecadores necesitan escuchar para ser salvos.


© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.



En la entrada anterior (“El sistema evangelístico de invitación: Una práctica peligrosa y anti bíblica”) vimos que venir a Cristo no puede equipararse a ninguna acción física. ¿Qué significa, entonces, venir a Cristo? Lo mismo que creer en Él (comp. Jn. 6:35, 37-40).

Ambas expresiones se intercambian en las Escrituras porque ambas significan la misma cosa. Aunque podríamos decir que la expresión “venir a Cristo” es más descriptiva y específica. Creer en Cristo es un término más general, venir a Cristo es un término más específico.
Hay tres elementos envueltos en ese venir a Cristo, pero por ahora sólo consideraremos el primero de ellos: el reconocimiento de una necesidad que sólo Cristo puede llenar: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados – dice el Señor, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28).
¿Quiénes son invitados? Aquellos que perciben el cansancio y la carga espiritual en sus corazones, aquellos que están conscientes de su necesidad. Es imposible venir a Cristo si no poseemos esa conciencia de que somos personas necesitadas.

“¡Venid, todos los sedientos, venid a las aguas!” (Is. 55:1). No todos son invitados, sólo los sedientos.

Jn. 7:37 “En el último gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz diciendo: Si alguien tiene sed, venga a mí y beba”. Una vez más ¿Quién es invitado a venir? El que tiene sed. El que percibe su necesidad.

Ap. 22:17, la última invitación de las Escrituras: “…el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”. Todo el que quiera puede venir, pero ¿quiénes querrán? Los que tienen sed. Nadie querrá venir a Cristo a menos que tenga sed.

Así como la sed es una necesidad que se percibe a nivel consciente, y que sólo el agua o algo líquido puede suplir, así también es la sed del alma. Podemos ofrecer un cheque de un millón de pesos a un hombre en el Sahara que tiene dos días sin probar una gota de agua, y eso no llenará su necesidad. Lo que él necesita en ese momento es agua, y lo que él desea con todas las fuerzas de su corazón no es un cheque, sino agua. Es una necesidad muy específica que se percibe a nivel consciente y que sólo algo específico puede suplir.

Y ahora el Señor dice a Su auditorio: “si alguno de los aquí presentes percibe la necesidad espiritual de su alma, esa necesidad que sólo Yo puedo llenar, que venga a Mí y será saciado”.

Nadie puede venir a Cristo hasta tanto no percibe esa necesidad del alma, ese profundo vacío, y sobre todo esa carga y ese cansancio que producen una conciencia culpable, el reconocimiento de que hemos pecado gravemente contra Dios y que por causa de nuestros pecados estamos irremisiblemente perdidos.

Es de esa sed y de ese cansancio del que Cristo habla en estos textos. Todos los hombres sin Cristo están cansados y sedientos, pero no todos lo perciben a nivel consciente, y es por eso que no todos vienen. Lo primero que hace Dios para atraer a un pecador a Cristo es mostrarle su necesidad, una necesidad que nada ni nadie, excepto Cristo, puede suplir (comp. Jn. 16:8-11).

El Señor dijo en una ocasión que los sanos no tienen necesidad de médico, si no los enfermos. Si no percibimos la enfermedad, ¿cómo buscaremos afanosamente la medicina que puede curarla?

El asunto no es si alguna vez levantaste tu mano en una campaña evangelística y pasaste al frente en una iglesia, o si has tenido algún tipo de experiencia mística conectada con el nombre “Jesús”.

Si nunca te has visto como un miserable pecador que va camino al infierno y viviendo una vida vacía y sin sentido, si te sientes satisfecho contigo mismo, tu nunca has venido a Cristo.

Yo no puedo negar tu experiencia, pero si puedo decirte con la autoridad de las Escrituras que sea lo que sea que hayas experimentado, no fue venir a Cristo, y por consiguiente continúas sumido en la perdición.

Pero si has percibido esa necesidad, si te sientes hambriento y sediento espiritualmente, trabajado y cargado por el peso de una conciencia culpable, no desesperes, porque ese es el primer paso para venir a Cristo, y Él puede suplir plenamente tu necesidad.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Por Sugel Michelén

A veces escuchamos en ciertos círculos evangélicos comentarios similares a este: “En tal o cual campaña evangelística se convirtieron ‘equis número’ de personas (5 ó 10 ó 20, y así por el estilo)”. Y ¿cómo pueden saberlo con tanta precisión? Porque lo que tales personas quieren decir realmente es que al final de la predicación, el predicador hizo un llamado a que levantaran su mano o vinieran al frente del auditorio todos cuanto quisieran aceptar a Cristo, y ese número de personas aceptó el llamado.

Esta práctica es tan común hoy día que muchas personas se asombrarían al descubrir que no sólo no encuentra apoyo en las Escrituras, sino que nunca fue practicado por la Iglesia, por ninguna iglesia, en los primeros 1800 años del cristianismo.

Cristo nunca llamó a los pecadores a que levantaran su mano y den un paso al frente para dar a conocer su decisión de seguirle; tampoco lo hicieron los Apóstoles, ni ningún predicador hasta el siglo XIX. Esa metodología evangelística nunca fue practicada en la Iglesia de Cristo, sino hasta mediados del siglo XIX, cuando un hombre llamado Charles Finney comenzó a hacer uso de lo que él llamaba “el cuarto ansioso”, un lugar en el que se invitaba a entrar a todos aquellos que se sentían convictos de pecado y deseaban ser salvos.

Poco a poco el cuarto ansioso se fue transformando en lo que hoy conocemos como el sistema de invitación, cuando el predicador llama a los pecadores a levantar su mano y a venir al frente de la Iglesia para dar a conocer su decisión de seguir a Cristo.

Esto es algo tan comúnmente practicado en los púlpitos modernos que pocos considerarían necesario detenerse a pensar si tenemos garantía bíblica para hacer tal cosa; de hecho, muchos no sabrían cómo predicar el evangelio a los pecadores sin usar este sistema de invitación.

¿Quién era Charles Finney? Un evangelista del siglo antes pasado que negó rotundamente la doctrina de la Total Depravación del hombre y de su imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.

Para Charles Finney el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu Santo, cambiar por completo el rumbo de su vida. Él decía que eso es la regeneración, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.

Por tanto, todo lo que se requiere para ser salvo es una decisión del pecador. En otras palabras, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más.

El cambio, según Finney, podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución que debe ser públicamente manifestada a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente del auditorio, o algo similar. Eso según Finney, es venir a Cristo.

Pero ¿es eso lo que enseñan las Escrituras? Por supuesto que no. Esta enseñanza contradice abiertamente las palabras del Señor en Jn. 6:44 “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.

Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo. Yo no necesito una obra especial del Espíritu de Dios para levantar mi mano, a menos que tenga algún impedimento físico severo. Pero Cristo dice aquí nadie puede venir a Él a menos que el Padre no lo traiga. Se trata de algo que nadie puede hacer sin la asistencia divina.

Esta enseñanza descansa en un serio error doctrinal conocido como Pelagianismo. Pelagio fue un hereje del Siglo V que decía que la voluntad humana no fue afectada con la caída, y que uno puede hacerse bueno con sólo proponérselo. La regeneración es una obra del hombre, decía Pelagio, no de Dios.

Y algo similar dicen hoy los arminianos. Pero ¿acaso no contradice esto abiertamente lo que Pablo nos dice en Ef. 2:1-3, que el hombre natural está muerto en sus delitos y pecados? “Y él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”.

Más aún, Pablo dice en Ef. 1:19 que si hemos creído en Cristo fue porque en nosotros actuó el extraordinario poder de Dios. Atribuir la conversión y el nuevo nacimiento a una simple decisión humana, no sólo es atribuir al pecador una capacidad que no posee, sino que es robarle a Dios Su gloria. Escuchen lo que dice en Jn. 1:12-13:

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

En el nuevo nacimiento no intervienen ni la ascendencia física ni la voluntad humana. Es un nacimiento operado por Dios en el hombre. Los hijos de Dios vienen a ser hijos por la voluntad de Dios.

No importa cuántos frutos aparentes se han podido cosechar con este sistema anti bíblico de invitación; debemos rechazar toda práctica que no sea sustentada por la Palabra de Dios. Este sistema pelagiano y arminiano supone que el pecador posee una capacidad que en realidad es ajena a él: la capacidad de cambiar por sí sólo el rumbo de su vida.

Pero más aún, sugiere a los pecadores una condición de salvación que no está en la Biblia. Dios no ha ordenado a los pecadores que pasen al frente de la iglesia para ser salvos, pero como bien ha dicho alguien: “muchas veces aquellos que no pasan al frente son llevados a creer que no están obedeciendo al Espíritu, y por lo tanto, que no están obedeciendo a Dios. Pero esta es una culpa sicológica falsa, porque Dios nunca ordenó tal cosa jamás ni fue practicada por el NT”.

El texto que generalmente se cita para presionar al pecador en ese sentido es Mt. 10:32-33, o sus textos paralelos en los otros evangelios: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos”.

Ahora bien, ¿está enseñando Cristo aquí que nos hacemos cristianos cuando usamos nuestras cuerdas vocales para confesarle a Él, o cuando alzamos nuestras manos, o cuando venimos al frente de una Iglesia? ¿Es esa la manera en que nos hacemos cristianos? ¿O está enseñando más bien que una marca distintiva de los que ya son cristianos es confesar a Cristo ante los hombres?

Confesar a Cristo es un deber que tiene todo creyente, pero no es la forma en que nos hacemos cristianos, ni mucho menos el instrumento a través del cual se opera el nuevo nacimiento. Cristo dice en Jn. 3 que para ser salvo se necesita un nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo en el corazón.

Y lo que es todavía peor, a los que pasan al frente se les hace creer que han hecho lo que tenían que hacer, y que debido a su decisión ahora son salvos. “Has dado un voto por Jesús, te has decidido por Jesús, y eso es todo lo que se requiere para ser salvo”. Tristemente muchos van camino al infierno basados en ese engaño. Venir a Cristo no tiene nada que ver con un acto físico.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Revisando un material por internet, me encontré con una fotografía de una iglesia que tenía un anuncio o publicidad que decía: “2000 iglesias para el 2025”. Me llamo mucho la atención porque yo sacando la cuenta le quedan solo 15 años. Sé que al menos llevan unos 10 años en eso, realmente no conozco ninguna iglesia en el mundo que haya enviado tantos misioneros y pastores como para completar 2000 iglesias en 25 años. Eso daría una fantástica cifra de 80 iglesias por año.  Mi curiosidad no se aguanto y visite su web sitie para ver cuántas iglesias llevaban… mi sorpresa fue que no llevan más de 10 obras.
Pero esto no es solo un ejemplo de la ignorancia bíblica con respecto a fundación de iglesias, sino un descuido que le costará muy caro al pueblo de Dios en general.
Durante esta época que Dios me ha permitido vivir, puedo recordar con facilidad, como creyentes se preguntaban (y se preguntan!): ¿Por qué ese pastor engaño a la iglesia robando dinero? ¿Por qué aquel otro pastor vive una vida desordenada? ¿Por qué  después de dos o tres años de servicio abandona el ministerio? ¿Por qué los pastores maltratan verbalmente a la congregación? ¿Por qué ese pastor es autoritario?  
En otro orden de idea, pero en la misma tónica, esta semana una joven que nos frecuentaba en la IBRC nos contó que en su búsqueda de una iglesia con sana doctrina, llego a una congregación donde visito al menos unas dos veces. Ella en su deseo de llevar inconversos a la iglesia, pasaron un día entre semana a la iglesia para el culto de oración. Para sorpresa de ella, el pastor de esa congregación la regaño (delante de su amiga) diciéndole: “porque trajiste un invitado, debiste notificar antes, solo los días domingos se aceptan visitas”…  Ella finalmente se dio cuenta que lo mejor es que nos siga frecuentando…
¿Por qué ocurren estas cosas? ¿Por qué jóvenes fracasan en su intento de ser pastores o misioneros?
En nuestro país existen algunas iglesias que se desesperan en enviar a cualquiera al ministerio -como el ejemplo que menciono arriba- con tal de llenarse la boca en decir que están evangelizando a Venezuela para Cristo.
¿Qué dice la biblia a todo esto?
Creo que examinando bien las causas de estas situaciones, daremos con la solución.  Sin embargo, comparto mucho la opinión de John Armstrong. Porque el problema es que están enviando jóvenes y hombres maduros que no han sido llamados por Dios para tal propósito. Piensan que por darle una preparación académica religiosa, obteniendo un titulo de Lic. En Teología, ya están capacitados para ser pastores.  Los pastores que envían a sus “hombres de ministerio” ignoran casi absolutamente algunas áreas cruciales como el aspecto sexual, el dinero, y el poder. ¿Acaso no son estás áreas donde afloran la mayoría de los fracasos éticos y molares?
Decía John Armstrong:
“Hace algunos años se me pidió que presidiera una comisión en mi denominación evangélica donde las tareas incluían las entrevistas a los hombres que serían ordenados, antes de que se reuniera el consejo… nuestra tarea era examinar, preguntar y luego recomendar. Cada año examinábamos un buen número de hombres. Más de la mitad de ellos no estaban preparados-doctrinal y /o personalmente-según mi punto de vista. Varias veces recomendamos a la iglesia que no ordenara a un hombre.
Con frecuencia la iglesia local ignoraba nuestro consejo y procedía son nuestra aprobación, ordenando finalmente al hombre en alguna otra oportunidad. Lo que era particularmente preocupante era lo poco frecuente que el candidato o su congregación local se molestaban en averiguar nuestras razones para no recomendar a ese hombre al ministerio”1
Si las iglesias y los pastores se dedicaran a enviar hombres aprobados por Dios, esas cosas no sucederían. Las escrituras detallan muy bien quienes son aptos para el ministerio, porque seguramente habrá muchos que desearan ir a ministrar, pero no estarán calificados ni cualificados, y si lo envían, obtendremos los problemas que Ud. y yo solemos escuchar a nuestro alrededor.
Aunque reconozco que parte de problema es la desviada teología que tienen muchos pastores que los induce a tener iglesias con muchos problemas y por ende cuando se habla de enviar a hombres al ministerio, comenten los mismos errores. Enviado hombres descalificados que nunca han sido ni serán llamados por Dios para sagrada labor.
En la próxima entrada veremos algunos aspectos de los requisitos.

Paul Washer – El Matrimonio – El Ministerio Principal from HeartCry Missionary Society on Vimeo.

Estimado lector, quisiera llevarte a considerar algunas cosas. Y aunque en esta entrada me dirigiré  exclusivamente a quienes dicen ser Cristianos Evangélicos, eso incluye las distintas denominaciones; Bautistas (independientes, del Sur,)   Pentecostales,  “Solo  Cristo”, entre otros.
No sé cuánto tiempo tengas desde que Dios te convirtió al evangelio y te trajo a la luz de su reino. Pero te has preguntado: ¿Si tu fe bíblica es histórica? ¿Has examinado tus creencias a la luz de las escrituras? ¿por qué crees lo que crees? Porque te lo enseñaron así, o porque tu lo estudiaste, investigaste, verificaste y te convenciste que estas en la verdad.
Es triste ver como creyentes se conforman con un entendimiento superficial de las escrituras, que no les importa examinar lo que han creído.
Veo con tristeza como familiares, amigos, y muchos conocidos son arrastrados por lo que una vez un misionero Americano, o de otra nacionalidad, le han enseñado como la “verdad”.  Algunos se jactan diciendo; “Jonathan tu eres calvinista, pero eso es una forma extraña de doctrina en la cual no fuimos enseñados, Siempre nos han enseñado de esta manera y tu hoy vienes con una doctrina extraña, ¿Cómo tu puedes creer eso?”
Básicamente este es el mismo argumento que usan los católicos romanos con la tradición. O no es eso tradición?… “Así fui enseñado, por mi pastor!”
Mis estimados lectores, les pregunto: ¿eres tradicionalista práctico? Digo práctico porque tú acusas a los católicos romanos  que su tradición los engaña.
¿Acaso no haces lo mismo con tu tradición?
En mi entorno personal conozco muchos  cristianos, que me critican  sin saber sus propias bases doctrinales escuetas. Eso sin mencionar el relativismo evangélico que se vive hoy día.
Quiero hacer una nota aquí, porque es inevitable para mí recordar como en el año 1492 cuando Colón llego América, una de las consecuencias de ese primer viaje fue que los indios aceptaron intercambiar madera por oro, ropa por plata, y así materiales de inmenso valor por unos de poco valor. Se les dio muchas cosas haciéndoles creer que eran valiosas, pero no lo era. El oro vale más que la madera. Bueno, una de las razones por la que este engaño se mantuvo por más de 150 años, fue por el desconocimiento de nuestros indígenas.
Así mismo han llegado misiones de Norte América, de Sur América, de centro América, a nuestra  Venezuela y han sembrado su evangelio diluido en los corazones de muchos inconversos que les han hecho creer que ellos están en la única verdad.
Pero como debemos ser objetivos en nuestras apreciación; veamos un ejemplo bíblico.
Act 17:10  Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Act 17:11  Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.
“Pablo y a Silas hasta Berea” Después de estar en Tesalónica, ellos se dirigen a Berea y no perdieron tiempo y decidieron predicar el evangelio. Me imagino si nosotros estuviésemos en esa época y llegase Pablo trayendo enseñanza a nosotros. Supongo que lo aceptaríamos sin titubear.  Así mismo han llegado a nuestro país Venezuela, misioneros predicando una doctrina que dice ser bíblica totalmente.
“pues recibieron la palabra con toda solicitud,” NO es de sorprender la actitud que tuvieron los bereanos en recibir la palabra predicada con mucha solicitud. Su disposición a recibir lo que se le enseñaba era muy notable, tanto que Lucas nos dice que: “éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica” Así que podemos decir hasta este punto que estos nuevos creyentes tenían buenas razones para aceptar ciegamente lo que estaban recibiendo.  En nuestro país, tenemos muchos creyentes con buenas intenciones, que han recibido la palabra de Dios predicada, pero lo han dejado ahí. Lo recibido de los misioneros extranjeros y nacionales ha sido bien acogido, a tal punto que han confiado ciegamente en las doctrinas recibidas que hoy la defienden como verdaderas.  
Personalmente, crecí en un hogar cristiano, donde veía a los niños de la iglesia (aún se ve) “recibir a Cristo todos los días”, así que se me enseño que por hacer una oración ya era salvo, solo tenía que producir fe. A medida que crecí, me involucre como maestro de niños y habían cosas que no me encajaban con lo que veía en las escrituras acerca de la salvación. Si Cristo salva a una persona, sea niño o no. ¿Cómo pueden existir algunos que reciban a Cristo todos los días los domingos a las 12:45 Pm?  Pero eso no solo lo veía en los niños, sino en los adultos. Como es posible que una persona que dice aceptar a Cristo como su salvador, dure tres meses en la iglesia y luego regrese a su vida normal, ajenos a Dios. Yo me preguntaba, puede un hijo de Dios estar así. Mis maestros y hombres que respete como maestros, me decían: Es que les falto discipulado, otros más astutos me decían: Es que ahora son cristianos carnales, pero son hijos de Dios, solo que están apartados.
Ninguna de esas respuestas me compaginaba con las escrituras. Lo mismo ocurría en la última iglesia (ocurre) donde congregue.
“escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” Estos hermanos escudriñaban (ἀνακρίνω) lo que habían recibido. Esta palabra ἀνακρίνω que Reina Valera traduce como escudriñar significa: juzgar, examinar, discernir.
Esta palabra la encontramos solo 16 veces en el N.T. y su significado varía entre: investigar, interrogar, determinar:-preguntar, acusar, discernir, escudriñar, examinar, interrogar, juzgar. (Luc: 23:14, Hc. 4:9, Hc. 12:19, Hc.28:18; 1Co 2:15, 1Co 4:3, 1Co 14:24; 1Co 2:15, 1Co 4:4; 1Co 9:3   Hc. 24:8 1Co 4:3)
Te pregunto amado hermano, eso que aprendiste en la iglesia donde congregas, lo haz juzgado, investigado, examinado, para ver si es la verdad.
Sigue el ejemplo de los de Berea, no te conformes porque tu líder te lo enseño, ve a las escrituras, ellas a sí misma se interpretan, lo importante no es lo que tu entiendes de un texto, lo realmente importante es que significa ese texto, lo que significa para tí no es importante.
¿Tú dices que la fe reformada es nueva? Con eso solo estás demostrando que debes estudiar, porque no conoces nada de la historia del cristianismo. Te invito a que reflexiones sobre tus postulados doctrinales. Examina las practicas de tu congregación si son bíblicas o no. Examina la predica que recibes en tu iglesia, si está de acuerdo con las escrituras.
Nosotros que nos exponemos a predicaciones expositivas en nuestra congregación, escuchamos los testimonios de hermanos diciendo asombrados que las “predicas que escucharon en las iglesias donde estuvieron, no eran predicas, eran cuentos, chistes, historias de la familia del pastor, entre otros. Nuestros hermanos en la IBRC ven la diferencia de exponerse a la predicación expositiva y la predicación moderna, simplista, donde toman uno o varios textos y hacen su Eisegesis.
¿Qué esperas para seguir el ejemplo Bereano?

Documento original publicado en la Revista HeartCry


El Evangelio que prevalece en América hoy en día raramente es realmente un Evangelio.  Es una versión barata y diluida que es útil para fabricar roles de miembros, pero no bueno para edificar el Reino de Dios. Lo que declara sobre el hombre es tan cuidadoso que no ofende a nadie. Lo que declara de Dios es tan limitado que no molesta a nadie. Lo que demanda es tan poco que resulta en pequeñas convicciones, no causa un apartarse del pecado y no hace un llamado a la disciplina comprometida. Si el Cristianismo en América se ha de recuperar de esta enfermedad que la ha postrado en cama, entonces debe primero recuperar el evangelio que fue una vez predicado por Jesucristo y los apóstoles. Debe recuperar el evangelio que siempre es gratis, pero nunca barato. Debe aprender un Evangelio que es más que una decisión humana, y que en cambio es el gran poder de Dios. Debe predicar un Evangelio que no sólo tiene el poder para a todos los que lo abrazan, sino que también tiene el poder de transformar a todos los éste haya abrazado.
En la pasada edición de HeartCry, estudiamos los elementos básicos del evangelio: La depravación del hombre, la santidad de Dios, la ley de condenación de nuestro pecado, y la muerte de Cristo en la Cruz que compró al pueblo de Dios de la eterna destrucción. En esta edición vamos a considerar el llamado del Evangelio y la evidencia de su obra. En otras palabras, consideraremos lo que el hombre debe saber y hacer para ser salvo.
EL EVANGELIO DE HOY
El evangelio de hoy puede ser fácilmente reducido a “Cinco Leyes Espirituales”. Y son como sigue:
(1) Dios nos ama y tiene un plan maravilloso para nuestra vida.
(2) Hemos pecado y nuestro pecado nos separa de Dios.
(3) Cristo murió por nuestros pecados.
(4) Debemos hacer una oración de fe y pedir a Cristo que venda a nuestro corazón y nos salve.
(5) Si pedimos con fe, entonces podemos estar seguros que somos salvos. Si en algún momento dudamos de nuestra salvación, entonces simplemente debemos recordar el tiempo en el que hicimos aquella oración de fe y ver nuestra salvación como un hecho.
Antes de que sigamos adelante, debe decirse que este método de “compartir” el evangelio ha sido usado para dar a conocer a Cristo a millones de personas y ha resultado en la salvación de algunos. También debemos decir que los cristianos que realizan esta presentación del evangelio son mil veces más útiles para Dios, que el que conoce bien el evangelio, pero no tiene pasión por compartirlo. Sin embargo, esto también debe ser entendido: que no es por esa presentación del evangelio que las personas han sido salvadas, sino a pesar de esa presentación. Hay grandes defectos en la presentación del Evangelio y están deben ser corregidas si el Evangelio ha de recuperar su gloria y poder.
UN EVANGELIO CENTRADO EN EL HOMBRE
El evangelio de hoy comienza con el hombre, claramente poniéndolo en el mismo centro del universo como un ser invaluable por quien Dios vaciaría todo el cielos para obtenerlo. Esto simplemente no es verdad. Es Dios quien está en el mismo centro del universo, y sólo Él tiene valor infinito e intrínseco. Por el otro lado, el hombre es un desertor  en el universo, un rebelde aborrecedor de Dios que ha declarado guerra a Su Soberano, un traidor que desea que el trono de Su Rey, una criatura que desea usurpar la gloria de Su Creador, un instrumento creado para adorar que busca ser adorado en lugar de Dios.
El Evangelio Verdadero no comienza con el valor del hombre o el maravilloso plan de Dios para el hombre. El Verdadero Evangelio comienza con una declaración del valor de Dios y Su gran interés por Su propia gloria. Alguien ha dicho correctamente que el Evangelio no comienza con las palabras “Porque de tal manera amó Dios al mundo”, sino con la declaración, “en el principio Dios…”.
En lo que hemos escrito hasta ahora, no estamos intentando disminuir ni empequeñecer el amor de Dios. De hecho, decimos que el amor de Dios es tan infinito que va más allá de cualquier intento humano de definirlo y medirlo. Lo que estamos intentando hacer es poner lo primero, primero. Lo que decimos es que el hombre existe para Dios, y no Dios para el hombre. Y que el hombre no es el tesoro del universo, sino Dios. Y lo que Dios hace, no lo hace principalmente por el hombre, sino por Él mismo y por Su propia gloria y por el amor que Él tiene por Su propio nombre.
Hoy en día frecuentemente se argumenta que seria egocéntrico e incluso egoísta por parte de Dios hacer todo lo que Él hace principalmente para Él mismo y por Su propia gloria. Pero es absurdo pensar de esa manera. Como cristianos que creen la Biblia, ¿Cómo diríamos que es un hombre que le atribuye a algo más valor que a Dios o cuando un hombre relega a Dios a un segundo lugar en su vida? Le llamaríamos idolatría, ¿cierto? Pero, ¿Por qué? Porque hay una regla en Las Escrituras y en la misma gran estructura de la Creación que declara que Dios está por encima de todas las cosas y que todas las cosas existen para Él. Las Escrituras correctamente declaran:
Romanos  11:36 
Porque de él,  y por él,  y para él,  son todas las cosas.  A él sea la gloria por los siglos.  Amén.
Dios legítimamente hace todas las cosas para Él, por Su propia gloria y por el amor que el tiene de Su Propio Nombre. Si esto fuera de otra manera, Dios fuera culpable de idolatría y el universo sería un caos.  A la luz de lo que ha sido dicho, deberíamos cambiar la primera “ley espiritual” del evangelio de hoy en día: “Dios nos ama y tiene un plan maravilloso para nuestra vida”, por: “Dios es el Creador y Señor del universo y está infinitamente interesado por Su propia Gloria.
UN EVANGELIO PARA EL ENFERMO
La segunda de las “leyes espirituales” del evangelio de hoy dice que “hemos pecado y nuestro pecado nos separa de Dios”. El problema con esta ley no es que sea incorrecta, sino que no va suficientemente lejos. Nosotros no solamente hemos pecado, sino que somos pecadores. No solamente hacemos cosas incorrectas, sino que somos incorrectos. El Evangelio no es buenas noticias para el enfermo o para el que se está muriendo. El Evangelio es buena noticia para el que está muerto.
Efesios  2:1  “…cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.”
Frecuentemente se predica que el hombre es como un enfermo en su lecho de muerte que puede hacer poco para salvarse, Dios es el doctor y el Evangelio es la medicina. Dios permanece ante el hombre enfermo con una cuchara llena de medicina y espera para dársela, pero el hombre debe dar el primer paso. Debe responder al deseo de Dios de salvarlo y esto lo hace abriendo su boca para recibir la medicina. Esto es absurdo. Las Escrituras no dicen que el hombre es pecador-enfermo sino pecador-muerto. Un hombre muerto no puede responder a ningún mensaje no importa cuan cariñoso o sincero sea, y el hombre pecaminoso no puede ni dará el primer paso de modo que Dios haga el resto. La salvación no es la decisión del hombre de aceptar la ayuda de Dios, sino el poder de Dios por el cual el pecador es resucitado y recibe gracia para arrepentirse de sus pecados y creer para  que de esa manera sea salvo.
En el evangelio que predicamos, debemos no solo decir  que el hombre ha pecado, sino que es pecador, muerto espiritualmente, con la buena voluntad necesaria para obedecer a Dios estando corrompida y totalmente destituido de esperanza excepto de la misericordia de Dios. Debemos enseñar que a menos que Dios obre en favor del hombre, el hombre morirá en sus pecados y pasara la eternidad bajo la retribución divina. Debemos hablar de la gran necesidad que el hombre tiene de Dios y de la urgencia de clamar al Dios de misericordia para que Él haga por ellos lo que ellos no pueden hacer.
A la luz de lo que ha sido dicho, quisiéramos cambiar la segunda “ley espiritual” de “Hemos pecado y nuestro pecado nos separa de Dios.” por “Somos pecadores, corruptos en naturaleza y acciones, estamos espiritualmente muertos, bajo la justa condenación de Dios y totalmente dependientes de Su misericordia.
       
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El Evangelio De Hoy                                    Un Evangelio Reformado 
 

 

Jhon Piper
CAP 1
Los pastores estamos siendo asesinados por el profesionalismo del ministerio pastoral. La mentalidad del profesional no es la mentalidad del profeta. No es la mentalidad del siervo de Cristo.
El profesionalismo no tiene nada que ver con la esencia y el corazón del ministerio cristiano. Mientras más profesionales anhelemos ser, mayor será la estela de muerte espiritual que dejemos a nuestro paso, pues no existe la inocencia profesional (Mt. 18:3); no existe la misericordia profesional (Ef. 4:32); no existe el clamor profesional por Dios (Sal. 42:1).
Pero nuestra primera tarea es la de clamar por Dios en la oración. Nuestra tarea es la de llorar por nuestros pecados (Stg. 4:9). ¿Existe el llanto profesional? Nuestra tarea es la de proseguir a la meta de la santidad de Cristo y al premio del supremo llamamiento de Dios (Fil. 3:14); golpear nuestro cuerpo y someterlo no sea que seamos eliminados (1 Co. 9:27); negarnos a nosotros mismos y tomar la cruz salpicada de sangre cada día (Lc. 9:23). ¿Cómo se lleva una cruz profesionalmente? Hemos sido crucificados con Cristo; pero ahora vivimos en la fe de aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros (Gá. 2:20). ¿Qué es fe profesional?
No nos llenaremos de vino, sino del Espíritu (Ef. 5:18). Somos amadores de Cristo ebrios de Dios. ¿Cómo podemos embriagarnos de Dios profesionalmente? Entonces, maravilla entre las maravillas, recibimos el tesoro del evangelio para llevarlo en vasos de barro para mostrar que la excelencia del poder es de Dios (2 Co. 4:7). ¿Hay alguna forma en que podamos ser un vaso de barro profesional?
Estamos afligidos en todo, pero no abatidos; desconcertados, pero no llevados a la desesperación; perseguidos, pero no destruidos; siempre llevando en el cuerpo la muerte de Jesús (¿profesionalmente?) para que la vida de Jesús también se manifieste (¿profesionalmente?) en nuestros cuerpos (2 Co. 4:9-11).
Pienso que Dios nos ha exhibido a nosotros los predicadores como postreros de todo en el mundo. Somos insensatos por amor de Cristo, pero los profesionales son sabios. Somos débiles, pero los profesionales son fuertes. A los profesionales se les honra, a nosotros se nos desacredita. No tratamos de conseguir un estilo de vida profesional, pero estamos listos para padecer hambre y sed e ir mal vestidos y no tener techo. Cuando nos maldicen, bendecimos; cuando somos perseguidos, resistimos; cuando nos difaman, tratamos de conciliar; nos hemos convertido en la escoria del mundo, el desecho de todas las cosas (1 Co. 4:9-13). ¿O no? ¡Hermanos, no somos profesionales! Somos parias. Somos extranjeros y desterrados en el mundo (1 P. 2:11). Nuestra ciudadanía está en los cielos y esperamos impacientemente al Señor (Fil. 3:20).
No se puede profesionalizar el amor por su venida sin matar ese amor. Y si se está matando.
Los objetivos de nuestro ministerio son eternos y espirituales. No son comunes a ninguna otra profesión. Es precisamente por la incapacidad de ver esto que estamos muriendo.
El predicador vivificante es un hombre de Dios, cuyo corazón siempre tiene sed de Dios, cuya alma siempre está apegada a Dios, cuyo ojo sólo está atento a Dios y en quien, por el poder del Espíritu de Dios, la carne y el mundo han sido crucificados y su ministerio es como el torrente generoso de un río vivificante.1
De ninguna manera somos parte de un grupo social que comparte objetivos con otros profesionales. Nuestros objetivos son una ofensa; son locura (1 Co. 1:23). La profesionalización del ministerio constituye una amenaza constante a la ofensa del evangelio. Es una amenaza a la naturaleza profundamente espiritual de nuestro trabajo. Lo he visto a menudo: El amor por el profesionalismo (semejante a los profesionales del mundo) mata la creencia del hombre de que ha sido enviado por Dios para salvar a las personas del infierno y hacerlas extranjeras espirituales que exalten a Cristo en el mundo. El mundo establece el programa del hombre profesional; Dios establece el programa del hombre espiritual. El fuerte vino de Jesucristo hace estallar el odre del profesionalismo. Hay una diferencia infinita entre el pastor que está resuelto a ser un profesional y el pastor que está resuelto a ser el aroma de Cristo, la fragancia de la muerte para algunos y de la vida eterna para otros (2 Co. 2:15-16). ¡Dios, líbranos de los profesionalizadores! Líbranos de la «vocación mezquina, controladora, conspiradora y  maquinadora que existe entre nosotros».2 Dios, danos lágrimas por nuestros pecados. Perdónanos por ser tan
superficiales en la oración, tan escasos en nuestra comprensión de las verdades sagradas, tan conformes en medio de vecinos que mueren, tan faltos de pasión y de sinceridad en toda nuestra conversación. Devuélvenos el inocente gozo de nuestra salvación. Haz que temamos la formidable santidad y poder de aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo en el infierno (Mt. 10:28). Haz que llevemos la cruz con temor y temblor como nuestro árbol de la vida ofensivo y lleno de esperanza. No nos des nada, absolutamente nada, del modo en que el mundo ve las cosas. Que Cristo sea el todo y en todos (Col. 3:11).
Destierra el profesionalismo de nuestro medio, oh Dios, y en su lugar pon la oración apasionada, la pobreza de espíritu, el hambre de Dios, el estudio riguroso de las cosas sagradas, la devoción ardiente por Jesucristo, la total indiferencia hacia todos los beneficios materiales y la labor infatigable para rescatar a los que mueren, perfeccionar a los santos y glorificar a nuestro Señor soberano. Humíllanos, oh Dios, bajo tu poderosa mano, para que nos exaltes, no como  profesionales, sino como testigos y participantes de las aflicciones de Cristo. En su maravilloso nombre. Amén.
1. John Piper y Wayne Grudem, Recovering Biblical Manhood and Womanhood: A Response to Evangelical Feminism (Wheaton, Ill.: Crossway Books, 1991), 16.
Contenido:
Prólogo 9
Agradecimientos 15
1. Hermanos, no somos profesionales 17
2. Hermanos, Dios ama su gloria 21
3. Hermanos, Dios es amor 27
4. Hermanos, vivan y prediquen la justificación por la fe 33
5. Hermanos, tengan cuidado con la ética del deudor 49
6. Hermanos, díganles que no sirvan a Dios 55
7. Hermanos, tengan en cuenta el hedonismo cristiano 61
8. Hermanos, oremos 69
9. Hermanos, tengan cuidado con los sustitutos sagrados 75
10. Hermanos, luchen por sus vidas 81
11. Hermanos, interroguemos el texto 89
12. Hermanos, Bitzer era banquero 97
13. Hermanos, lean biografías cristianas 105
14. Hermanos, muéstrenles a sus fieles por qué
Dios inspiró textos difíciles 113
15. Hermanos, salven a los santos 121
16. Hermanos, debemos sentir la realidad del infierno 129
17. Hermanos, llévenlos al arrepentimiento por medio de su deleite 135
18. Hermanos, magnifiquen el significado del bautismo 143
19. Hermanos, nuestra aflicción es para Él consuelo de ellos 153
20. Hermanos, hagan que el río sea profundo 159
21. Hermanos, no combatan los tanques de la carne con reglas de cerbatana 165
22. Hermanos, no confundan la incertidumbre con la humildad 175
23. Hermanos, díganles que con cobre basta 183
24. Hermanos, ayuden a su pueblo a resistir y servir en medio de las calamidades 189
25. Hermanos, denles la pasión de Dios por las misiones 203
26. Hermanos, corten el racismo de raíz 215
27. Hermanos, hagan sonar el clarín por los que aún no han nacido 229
28. Hermanos, centren la atención en la esencia de la adoración, no en la forma 247
29. Hermanos, amen a sus esposas 263
30. Hermanos, oren por los seminarios 277
Índice de personalidades 283
Índice de temas 285
Índice de textos bíblicos 291
Ministerios Desiring God 300