EL HOMBRE QUE PREDICA

Publicado: junio 7, 2010 en Albert N. Martin

Un análisis crítico de la predicación contemporánea
Albert N. Martin © Copyright
Vamos a considerar juntos este asunto, ¿Qué es lo que está fallando en la predicación, en los términos del hombre que predica? Estableceré primero un principio tomado de las  Escrituras y luego lo aplicaré en varias áreas específicas. El principio es éste: A menos que degrademos la predicación al mero arte de la elocuencia, nunca debemos olvidar que el terreno en donde la predicación poderosa crece, es la propia vida del predicador. Eso es lo que hace diferente la predicación, de cualquier otro arte de la comunicación. Una actriz muy reconocida puede ser famosa por su vida moral escandalosa. Ella podría vivir como una ramera común. Y aún así, ella puede entrar al teatro cada miércoles por la noche a las 20:00 hrs., y actuar en el papel de Juana de Arco en una manera tal, que llevara a toda a la audiencia hasta las lágrimas. La manera en que ella vive puede no tener una relación directa con el ejercicio de su arte profesional. Un actor, igualmente libertino en su vida personal, puede caminar sobre el mismo escenario y actuar el papel de Martín Lutero en una manera tal, que escalofríos recorrieran nuestra espina dorsal y saliéramos determinados a ser mejores hombres y mejores predicadores. Sin embargo, otra vez, puede no haber una relación directa entre como vivió el actor antes de subir al escenario, y su actuación subsecuente.

Es rápidamente admitido que las Escrituras enseñan, que hay tiempos cuando aparecen en escena hombres que tienen grandes dotes ministeriales, pero que están desprovistos de la gracia santificante (Vea Mat.7:21-23). La historia de la iglesia también registra los hechos de hombres quienes, en la soberanía de Dios, fueron usados en el ejercicio de dones ministeriales, y finalmente se manifestó que estaban desprovistos de gracia santificante. No obstante, yo creo que este problema particular de decepción, puede aplicarse primariamente en todos aquellos hombres involucrados en esa clase de ministerio donde ellos no viven entre sus oyentes el tiempo suficiente como para su ministerio se vea afectado debido a las fallas en su vida personal. Por lo tanto, limitando este principio al contexto de la predicación pastoral, yo creo que es una regla válida (con algunas pocas excepciones), que la predicación poderosa está enraizada en la tierra de la vida del predicador. Se ha dicho que: ‘La vida del ministro es la vida de su ministerio’. Si la predicación es la comunicación de la verdad a través de instrumentos humanos, entonces, la verdad particular comunicada

de este manera puede ser aumentada o disminuida en sus efectos, por la forma de vida a través de quien ella viene. El secreto del poder de la predicación de Whitefield, McCheyne y de otros hombres que ya he mencionado, se encuentra principalmente, no en el contenido de sus sermones o en la manera en que ellos lo predicaban. Más que en eso, el secreto se encontraba en sus vidas. Sus vidas estaban llenas de poder, ellos vivían en tal comunión con Dios, que la verdad vino a ser un principio viviente cuando fue predicada por tales vasijas. Sus vidas ungidas fueron la tierra donde creció su ministerio ungido. Este principio es particularmente verdadero en la vida de un pastor residente. La mayoría de ustedes y yo somos conocidos por nuestra gente, nuestra influencia crecerá o disminuirá de acuerdo con el tenor de nuestras vidas.
A fin de ilustrar este principio con la Palabra de Dios, permítame sugerirle varios pasajes para su consideración, no a la manera de una exégesis detallada, sino tomando la idea predominante en el pasaje.
Escribiendo a la iglesia de Tesalónica, la cual él fue privilegiado en fundar a través de su ministerio entre ellos, Pablo dice: “Sabiendo, hermanos amados de Dios, vuestra elección: Por cuanto nuestro evangelio no fue a vosotros en palabra solamente, más también en potencia, y en Espíritu Santo, y en gran plenitud; como sabéis cuales fuimos entre vosotros por amor de vosotros” (1Tes.1:4-5). El establece que hubo una relación directa entre el evangelio viniendo en poder, y en el Espíritu Santo, y en gran plenitud, y la clase de hombre que lo predicó. Encontrará el mismo pensamiento desarrollado en el capítulo dos de la misma carta, donde Pablo dice en el versículo 10: “Vosotros sois testigos, y Dios, de cuán santa y justa e irreprensiblemente nos condujimos con vosotros que creísteis”. Luego en el versículo 13 él dice: “Por lo cual, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, que habiendo oído la palabra de Dios que oísteis de nosotros, recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, el cual obra en vosotros los que
creísteis”. Hay una relación vital entre estas dos cosas. Por un lado, él dice ustedes saben cómo nos condujimos, y por otro, nosotros sabemos cómo recibieron la palabra. Estas dos cosas no pueden estar aisladas.
Pablo y sus compañeros permanecieron viviendo entre ellos con el poder de la palabra de Dios incorporado en sus vidas, de este modo, cuando ellos predicaron, la Palabra vino con autoridad a sus oyentes. Note que el apóstol no limita el uso del testimonio a la manera de vivir, sino que lo relaciona con la validez de su ministerio de predicación.
En Tito 2 hay algunas instrucciones detalladas acerca de lo que Tito debería predicar y enseñar. Pablo le mandó en el versículo 7 “Mostrándote en todo por ejemplo de buenas obras”. En otras palabras, nosotros como ministros de Dios no solamente hemos de proclamar rectamente las cosas por precepto, sino que debemos encarnar estas mismas cosas con un ejemplo recto. Entonces, por supuesto, está ese pasaje clásico en 1 Tim.4:16: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello; pues haciendo esto, a ti mismo salvarás y a los que te oyeren”. En esencia, Pablo está diciendo: “Timoteo, el descuido de tu propia vida personal resultará, en alguna medida, en el descuido de tu responsabilidad de las almas sobre quienes el Espíritu Santo te ha puesto por pastor. Fallar en tener cuidado de ti mismo, en alguna medida resultará en fallas para ver el propósito salvador de Dios, forjándose en el corazón de aquellos a quienes tú ministras”. He hecho estos comentarios como uno que cree sin reservas en la postura de Pablo, tocante a la inmutabilidad del consejo de Dios y la certeza de la salvación de todos sus elegidos. No obstante, no debemos quitar de este pasaje en 1 Timoteo, sus obvias implicaciones; que Timoteo no podría ser el instrumento de Dios que él debería ser, a menos que tuviera cuidado de sí mismo y luego, de su enseñanza.
Es interesante que, en consideración a la enseñanza principal como se señala más adelante en 1 Tim.3:1 y en Ti.1:6; el primer requisito para todo aquel que aspira al ministerio, no es doctrinal, sino experimental.
“Si alguno apetece obispado, buena obra desea. Conviene, pues, que el obispo sea…” Y ¿Cuál es la primera palabra? “irreprensible”. El aspirante debe ser un hombre conocido por su piedad consistente y práctica. En el pasaje que se encuentra en Tito, la última parte habla de uno de los requisitos como “retenedor de la Palabra fiel” (vers. 9). No obstante, el primer requisito señalado se encuentra en la esfera de la vida del ministro. ¿Porqué? Por la simple razón de que Pablo vivió y ministró bajo esta misma convicción, que la vida del ministro, era la vida misma del ministerio. Yo creo que estos pasajes son suficientes para enunciar el principio, aunque muchos más podrían ser citados para establecer este punto en particular. No me sorprende que la predicación haya caído en días malos, cuando las prioridades para esta obra ministerial han sido echados a un lado. En los concilios de ordenación, los hombres son interrogados por horas en minuciosos puntos teológicos, en un intento por descubrir sus habilidades para refutar herejías; mientras que, rara vez alguno es cuestionado en relación con sus avances en la piedad personal y familiar; factores que el apóstol Pablo colocó en primer lugar en la lista de requisitos para el ministerio.
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